Hay al menos tres razones por las que los cristianos deben evitar los lugares de mala reputación.
En primer lugar, por su propio bien. Porque para tener éxito en la castidad, es importante observar la prudencia que nos invita a no exponernos innecesariamente a la tentación. Este es un terreno en el que siempre han caído los que pretendían ser los más fuertes. Porque su orgullo los ha llevado a correr riesgos, a sobrevalorar sus propias fuerzas, a olvidar que, si te acercas demasiado al fuego, acabas quemándote.
En segundo lugar, por los demás. Los cristianos deben ser de buena conducta para poder decir: « ¡Sed mis imitadores! » (1 Co 4, 16; 1 Co 11, 1; Flp 3, 17). « Ya sabéis vosotros cómo debéis imitarnos, pues estando entre vosotros no vivimos desordenadamente » (2 Ts 3, 7). Supongamos que un cristiano piensa que puede ir a clubes nocturnos o a rincones de prostitutas sin que esto le suponga un problema. Si esto es verdad – y es dudoso, porque la castidad concierne también a lo que miramos, lo que oímos, cómo nos vestimos, cómo bailamos, etc.–, si otra persona piensa que puede ir a un club nocturno o a un rincón de prostitutas sin que esto le suponga un problema, entonces debería ser casta. Pero si otra persona le imita, pensando que está permitido, ¿esa persona saldrá indemne? ¿No fue el primero que dio ejemplo el escándalo, la piedra que hizo caer a los demás? Ahora bien, « pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia, que es débil, pecáis contra Cristo » (1 Co 8, 12).
En tercer lugar, este comportamiento puede ofender a los demás, sobre todo si tenemos alguna responsabilidad en la comunidad cristiana, o si, aun sin saberlo nosotros, alguien nos ha tenido en cuenta por nuestro testimonio de vida cristiana. Como decía san Pablo, « a nadie damos ocasión alguna de tropiezo, para que no se haga mofa del ministerio » (2 Co 6, 3).
Jesús era amigo de los pecadores, de las personas con mala reputación, a las que perdonaba los pecados e invitaba a cambiar de vida. Se alegraba de su conversión en comparación con los que se creían puros, diciendo: « En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las rameras creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él » (Mt 21, 32-32). Por eso es importante no condenar a los que trabajan en este ambiente, sino tener compasión de ellos. Sin embargo, para acercarnos a ellos, convertirlos o sensibilizarlos, es importante actuar estratégicamente, en grupo, armándonos de una vida de oración regular e intensa para no perder el rumbo.
Ejemplos de lugares con mala reputación son los clubes nocturnos y maquis similares, los burdeles, los lugares donde trabajan prostitutas, los sex-shops1, etc.
« Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma. malhechores, a la vista de vuestras buenas obras den gloria a Dios en el día de la Visita » (1 P 2, 11-12).
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Hay muchos otros comportamientos o tendencias clasificados bajo el epígrafe de « desviaciones sexuales » o « parafilias » en los que no entraremos aquí. Todo lo dicho anteriormente nos permite juzgarlas. San Pablo las resume de la siguiente manera: « La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros, como conviene a los santos » (Ef 5, 3).
A continuación, veremos una serie de situaciones más duraderas que compiten con el matrimonio y plantean interrogantes.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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