La comida y la bebida son buenas para el cuerpo y, si no comemos, acabamos muriendo. Pero cuando se consumen de forma « desordenada », caemos en el pecado de la gula: apego a los platos especiales, amor a la comida, comer en exceso, etc. El consumo excesivo de alcohol causa daños inmediatos.
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, « la lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión » [1]. La lujuria también se conoce como impureza.
Hay que recordar que la sexualidad, incluido el placer sexual, fue creada por Dios. Por tanto, es loable, bendecida por Dios [2]. Pero cuando la sexualidad se usa de forma « desordenada », es decir, sin respetar el destino del placer sexual descrito por Dios, sin tener en cuenta la naturaleza misma de la sexualidad y las heridas que puede causar, se convierte en un pecado llamado « lujuria ». Estos son precisamente los casos en los que se busca el placer sexual fuera del matrimonio monógamo e indisoluble querido por Dios, que tiene como finalidad la unión y la plenitud de los cónyuges, así como el don de la vida. Ejemplos de lujuria son la fornicación, el adulterio, la masturbación, la pornografía, la violación, la prostitución, el incesto y las relaciones homosexuales.
La lujuria es un pecado dado que « el pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes [como el placer sexual]. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna [de Dios]. El pecado crea una facilidad para el pecado, engendra el vicio por la repetición de actos. De ahí resultan inclinaciones desviadas que oscurecen la conciencia y corrompen la valoración concreta del bien y del mal. Así el pecado tiende a reproducirse y a reforzarse, pero no puede destruir el sentido moral hasta su raíz » [3].
La lujuria, en particular, reduce a los demás y al propio cuerpo a un objeto de placer, y pervierte la mente, haciendo imposible pensar en otra cosa. Siempre deja insatisfechos y tristes a los que se entregan a ella, y les impulsa a repetir la experiencia, creando gradualmente dependencia (adicción a la pornografía, masturbación, etc.). La impureza distrae de la fe, dificultando la oración, la reflexión sobre Dios, la religión y la vida eterna.
La lujuria es uno de los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y pereza. « Capital » viene de la palabra latina caput, que significa « cabeza ». Estos pecados se llaman capitales porque son la raíz de otros pecados, a menudo más graves. Por ejemplo, un hombre o una mujer adúlteros se especializarán en mentir a su cónyuge para ocultar su mala conducta. Y cuando el embarazo se produce por lujuria, la tendencia es cometer el crimen del aborto. Los ejemplos abundan en la Biblia. Citemos el ejemplo de José y la mujer de Potifar, eunuco del faraón y comandante de la guardia [4].
« El mismo Potifar dejó todo lo suyo en manos de José y, con él, ya no se ocupó personalmente de nada más que del pan que comía. José era apuesto y de buena presencia. Tiempo más tarde sucedió que la mujer de su señor se fijó en José y le dijo: "Acuéstate conmigo. "Pero él rehusó y dijo a la mujer de su señor: "He aquí que mi señor no me controla nada de lo que hay en su casa, y todo cuanto tiene me lo ha confiado. ¿No es él mayor que yo en esta casa? Y, sin embargo, no me ha vedado absolutamente nada más que a ti misma, por cuanto eres su mujer. ¿Cómo entonces voy a hacer este mal tan grande, pecando contra Dios?"
Ella insistía en hablar a José día tras día, pero él no accedió a acostarse y estar con ella. Hasta que cierto día entró él en la casa para hacer su trabajo y coincidió que no había ninguno de casa allí dentro. Entonces ella le asió de la ropa diciéndole: "Acuéstate conmigo." Pero él, dejándole su ropa en la mano, salió huyendo afuera.
Entonces ella, al ver que había dejado la ropa en su mano, huyó también afuera y gritó a los de su casa diciéndoles:"¡Mirad! Nos ha traído un hebreo para que se burle de nosotros. Ha venido a mí para acostarse conmigo, poro yo he gritado, y al oírme levantar la voz y gritar, ha dejado su vestido a mi lado y ha salido huyendo afuera." Ella depositó junto a sí el vestido de él, hasta que vino su señor a casa, y le repitió esto mismo: "Ha entrado a mí ese siervo hebreo que tú nos trajiste, para abusar de mí; pero yo he levantado la voz y he gritado, y entonces ha dejado él su ropa junto a mí y ha huido afuera."
Al oír su señor las palabras que acababa de decirle su mujer: – "Esto ha hecho conmigo tu siervo" – se encolerizó. Y el señor de José le prendió y le puso en la cárcel, en el sitio donde estaban los detenidos del rey. Allí se quedó en presidio. Pero Yahveh asistió a José y le cubrió con su misericordia, haciendo que se ganase el favor del alcaide » (Gn 39, 6-21).
Esta es una prueba más de que quienes son fieles a Dios pueden sufrir injusticias y persecuciones, pero Dios nunca los deja sin ayuda. « Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles, según la vaciedad de su mente, sumergido su pensamiento en las tinieblas y excluidos de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su cabeza los cuales, habiendo perdido el sentido moral, se entregaron al libertinaje, hasta practicar con desenfreno toda suerte de impurezas. Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús » (Ef 4, 17-21).
Notes :
[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n°2351.
[2] Ver el artículo: Hagamos el hombre a nuestra imagen.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n°1849.1865.
[4] Otros ejemplos bíblicos: el caso de Susana y los ancianos (Dn 13 citado en este artículo : La mirada y la imaginación impuras ); el pecado de David (2 S 11-12).
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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