Contrariamente a la creencia popular, la sexualidad no puede reducirse al uso de los órganos sexuales. La sexualidad se refiere a la forma en que existimos, somos y actuamos, como hombre o como mujer. Todo ser humano es sexuado, es decir, masculino o femenino, desde el primer momento de la concepción. A lo largo de su vida, esta masculinidad o feminidad estructura su ser más íntimo e influye en su forma de comportarse, pensar, sentir, actuar, amar, procrear y vivir con los demás.

Además, la sexualidad humana es más compleja que la de los animales. Los animales se aparean con el único fin de reproducirse, a menudo sólo en determinadas estaciones, guiados por el instinto y no por una decisión libre y responsable de realizar tal acto. Los animales no tienen noción del amor, la fidelidad, el incesto o el pudor. Se aparean siempre de la misma manera, sin ninguna relación con el placer.

En cambio, en los humanos, las relaciones sexuales son normalmente la culminación del amor de los cónyuges, que se entregan el uno al otro y abarcan toda su personalidad: sus sentimientos, lo que ven (la belleza de la otra persona, su ropa, peinado, maquillaje, etc.), lo que oyen y se dicen (palabras románticas, música, etc.), lo que huelen (perfume), lo que tocan, etc.

La experiencia cotidiana demuestra que hombres y mujeres quedan profundamente heridos cuando el sexo se practica sin amor, o con violencia, cuando sólo se busca el placer, sin compromiso, especialmente cuando uno de los miembros de la pareja se creía amado cuando no era así. Estas heridas afectan inevitablemente a su futura vida afectiva y sexual.

Además de la unión íntima de los cónyuges, la sexualidad humana está también y sobre todo ordenada a la procreación. Así es como el hombre y la mujer cumplen su vocación de perpetuar la especie humana: « Y Dios los bendijo y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra" » (Gn 1, 28). Por eso la institución del matrimonio es el marco ideal para acoger y educar a los hijos, y exige que los esposos se amen el uno al otro, sean fieles y se ayuden mutuamente en el día a día, conscientes de su papel y de su misión. Los niños, incluso cuando son adultos, siempre se sienten angustiados por las tensiones matrimoniales de sus padres, y les cuesta mucho asumir su divorcio.


Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.


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