El hombre no es un robot. Dios creó al hombre y a la mujer libres, es decir, capaces de usar la razón, de tomar decisiones para hacer esto o negarse a hacer aquello, con plena responsabilidad, aunque tuvieran el deseo de hacerlo. El hombre es verdaderamente libre cuando escucha y respeta los mandamientos de Dios. De lo contrario, está dominado por el pecado, « pues uno queda esclavo de aquel que le vence » (2 P 2, 19).
Toda persona se descubre sexuada, varón o mujer, con afectividad (sentimientos), pulsiones, pasiones, y vive en un ambiente que la empuja más o menos a tener pensamientos o actividades sexuales (carteles, televisión, películas, solicitaciones de otros, etc.). Cuando un hombre o una mujer logra el autocontrol, controla sus impulsos y se ajusta al plan de Dios, es feliz y está en paz. En cambio, cuando un hombre o una mujer cede a la satisfacción de sus impulsos, pierde rápidamente el dominio de sí mismo, se convierte en esclavo de sus deseos y acaba siendo infeliz.
Lo que llamamos castidad o pureza es la integración satisfactoria de la sexualidad en la totalidad de la persona humana. No se trata de reprimir los deseos sexuales, sino de aceptarlos y dominarlos. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de la vida y del amor depositadas en ella por Dios. Esta integridad garantiza la unidad de la persona y se opone a cualquier comportamiento que pueda dañarla. No tolera la doble vida ni el doble lenguaje. La castidad implica el aprendizaje del autodominio. El hombre alcanza esta dignidad cuando, libre de toda esclavitud a las pasiones, eligiendo libremente lo que es bueno, camina hacia su destino y se preocupa de obtener realmente los medios con su ingenio [1].
La castidad no significa necesariamente abstinencia, porque también las personas casadas están llamadas a vivir la castidad. La castidad incluye la ausencia de relaciones sexuales fuera de cualquier vínculo matrimonial, en particular, para los cristianos, fuera del matrimonio monógamo e indisoluble sellado ante Dios. La virtud de la castidad concierne a todos, cada uno en su propia condición: soltero, viudo, casado, consagrado. Lo contrario de la castidad es el pecado de lujuria, es decir, la búsqueda « desordenada » del placer sexual.
Como todas las virtudes (valor, sinceridad, sobriedad, humildad, etc.), la castidad no se adquiere de una vez para siempre. Es fruto del aprendizaje a través del esfuerzo personal continuo y de una información sólida y veraz sobre la sexualidad. Para vivir en castidad, es necesario tener otras virtudes como la modestia, la humildad y la prudencia, que inspiran a no presumir de las propias fuerzas y a no exponerse innecesariamente a la tentación. La pureza es un don de Dios, que no lo niega a quien se lo pide sinceramente en la oración, porque Dios mismo dijo: « Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios » (Mt 5, 8).
Nota :
[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n°2337-2339.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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