« Al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradecieron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh, Dios, ¡tu voluntad! » (Heb 10, 5-7; véase también Sal 40(39), 7-9).
Lo que se dice de Cristo se aplica a toda persona. La existencia humana es imposible sin un cuerpo. No se puede comer, sonreír, pensar, amar o tener hijos si no se tiene un cuerpo. Todas estas actividades y muchas otras no son posibles cuando el cuerpo no funciona correctamente (por ejemplo, cuando se está en coma) o cuando el cuerpo ya no está vivo. La imposibilidad de separar a la persona humana de su cuerpo se caracteriza por la existencia de dos expresiones, ambas incompletas: « Tengo un cuerpo » y « Yo soy mi cuerpo » [1].
De hecho, tengo dos manos, pies, ojos, estómago, etc., todo un conjunto de órganos que forman mi cuerpo. Puedo decir legítimamente: « Tengo un cuerpo ». Pero enseguida me doy cuenta de que el verbo « tener » no tiene el mismo peso cuando digo: « tengo un cuerpo » o « tengo una madre », « tengo una mujer », « tengo un hijo », « tengo un empleado », o « tengo un coche », « tengo un lápiz ». Todas las demás personas que « tengo» son externas a mí (por ejemplo, mi marido, mi mujer, mis hijos, etc.), por no hablar de los objetos que poseo. En cambio, « mi » cuerpo es lo más íntimo que « tengo», que no puede separarse de mí. Mi cuerpo no es un objeto cualquiera. Mi cuerpo soy yo mismo.
Si mi piel es negra, entonces soy negra (de color de piel). Si mi cuerpo mide dos metros, entonces soy alto. Si mi cuerpo tiene sexo masculino, entonces soy un hombre. Si no, soy una mujer, aunque no les guste a los defensores de la teoría de género [2]. Si alguien golpea mi cuerpo, me está golpeando a mí. Si mi cuerpo está enfermo, hambriento, sediento, etc., entonces estoy enfermo, hambriento y sediento.
Sin embargo, me estoy dando cuenta de que no soy sólo mi cuerpo. También tengo una mente que me permite pensar, recordar acontecimientos pasados, tener emociones y sentimientos. También tengo un alma, creada por Dios, que volverá a él cuando muera para ser juzgada. Cuerpo, alma y espíritu están íntimamente ligados y son inseparables. Sin embargo, damos más importancia al cuerpo, porque es a través de él como entramos en relación con los demás. Lo que los demás perciben de nosotros es a través de nuestro cuerpo. Y es a través de nuestro cuerpo como percibimos a los demás, como los vemos, los oímos, les hablamos, interactuamos con ellos, etc. Hoy en día, el cuerpo está más en el punto de mira debido a la importancia que se concede al placer y al disfrute, especialmente en el ámbito sexual.
Pero el cuerpo, esta realidad compleja, no debe ser objeto de juego, ignorando las otras dimensiones del hombre. El hombre es sagrado, y su cuerpo también. Por eso los cuerpos de los difuntos están rodeados de gran respeto. Los cuerpos resucitarán el último día y todos tendrán que responder de sus actos. El cuerpo nos ha sido dado para hacer la voluntad de Dios, como dijo Cristo: « me has formado un cuerpo ... Entonces dije: ¡He aquí que vengo … a hacer, oh Dios, tu voluntad! » (He 10, 5-7)
La Biblia nos invita a usar nuestro cuerpo para sentir el sufrimiento de los demás y multiplicar nuestros actos de caridad en su favor: « Acordaos de los presos, como si estuvierais con ellos encarcelados, y de los maltratados, pensando que también vosotros tenéis un cuerpo » (He 13, 3). También se nos invita a preservarnos de toda contaminación del cuerpo, del alma y del espíritu: « Absteneos de todo género de mal. Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo » (1 Ts 5, 22-23).
Este deber de santificación concierne también a la dimensión sexual del cuerpo. San Pablo dice: « La comida para el vientre y el vientre para la comida. Mas lo uno y lo otro destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, ¿y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo » (1 Co 6, 13-15.19-20).
Notas :
[1] Estos dos aspectos se encuentran en este salmo de acción de gracias al creador: « Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables tus obras: mi alma lo reconoce agradecida, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi ser aún informe, todos mis días estaban escritos en tu libro, estaban calculados antes que llegase el primero. ¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, ¡qué inmenso es su conjunto! » (Ps 139, 13-17)
[2] Según los defensores de esta teoría, hay una diferencia ente el sexo biológico con el que nace un individuo (hombre o mujer) et le género que es la identidad sexual elegida por el individuo.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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