La virginidad se refiere al estado de las personas que aún no han mantenido relaciones sexuales [1]. La virginidad se aplica tanto a los chicos como a las chicas. La exagerada importancia que se concede al sexo hace que no sea fácil admitir públicamente que uno es virgen, sobre todo si se tiene cierta edad. Al contrario, parece más loable hablar de las propias experiencias, o al menos callar o mentir sobre la propia virginidad. Sin embargo, quienes han hecho el esfuerzo de esperar hasta el matrimonio atestiguan que no han perdido nada, y quienes no han podido hacerlo no pueden decir objetivamente qué cosas positivas han obtenido de su vida sexual antes del matrimonio.

Cuando se quiere comprar un objeto precioso a alguien que no quiere venderlo, hay que llegar a inspirar a este último el amor al dinero, o demostrarle que su objeto no es tan valioso. Lo mismo ocurre con el tesoro de la virginidad y el respeto al propio cuerpo. Se tiende a hacer creer a los jóvenes que la virginidad es inútil, que está pasada de moda, que ya no hay chicas ni chicos vírgenes y que, por tanto, es mejor disfrutar de la vida y divertirse.

Pero a todos los chicos, incluso a los que no son serios, les gustaría encontrar chicas serias, y a ser posible vírgenes, con las que casarse. Y nos olvidamos de mencionar que las chicas en particular son conscientes de que su virginidad es un tesoro que no querrían regalar a cualquier hombre. De hecho, todas las mujeres, incluso a los 80 años, tienen recuerdos vívidos del chico con el que perdieron la virginidad. Muchas chicas se arrepienten de haber perdido la virginidad y se dan cuenta de que ya no hay vuelta atrás. Suelen hacerlo con un « chico falso », es decir, no serio, ya que acceden al sexo creyendo que las quieren, para ser abandonadas poco después. Los chicos que chantajean a sus novias para que accedan a mantener relaciones sexuales como condición para continuar la relación o casarse, raras veces cumplen su palabra, como demuestra la experiencia cotidiana. En el contexto actual de sexualidad generalizada, en el que los jóvenes empiezan a tener relaciones sexuales a una edad temprana, es poco frequente que un adolescente se case con su primera pareja sexual. De ahí la importancia de esperar hasta el matrimonio para evitar experiencias decepcionantes.

Además, en la vida es más difícil trabajar que ser perezoso, ser virtuoso que dejarse arrastrar por el vicio (alcohol, sexo, cigarrillos, drogas, robo, etc.). Es fácil tener sexo, porque basta con dejarse llevar. En cambio, para permanecer virgen, o más en general, para vivir en castidad, hay que desearlo, hay que ser tenaz y perspicaz en un mundo en el que no faltan las solicitaciones y las provocaciones.

Elegir permanecer virgen hasta el matrimonio, no por miedo, significa darse cuenta de que el amor va en serio, que el sexo no es un juego, algo que se hace de pasada, con cualquiera, sólo por diversión. Significa elegir con alegría y sin complejos para prepararse a un don mayor en el matrimonio.

San Agustín añade: « Lo que nosotros celebramos en las vírgenes no es tampoco el que sean vírgenes sin más, sino el que sean vírgenes consagradas a Dios a través de una continencia que nace de la piedad » [2].. En otras palabras, el respeto del mandamiento del Señor es sobre todo lo que es digno de alabanza en la actitud de respeto a la propia virginidad. ¿Qué honor hay en enorgullecerse de haber desobedecido a Dios? Por supuesto, no se trata de ser virgen y al mismo tiempo entregarse a otras formas de lujuria (pornografía, masturbación, felación, sodomía, etc.). La castidad es un todo, un dominio del propio cuerpo, del corazón, de los pensamientos, de las pasiones y de las acciones.

Es posible volver a ser virgen [3] cuando se ha perdido la inocencia, la inocencia del corazón, tanto si se es hombre como mujer. Es cuestión de arrepentirse del pecado, confesarlo y optar por vivir en abstinencia hasta el matrimonio. ¿No dijo Jesús a la adúltera arrepentida: « Tampoco yo te condeno? ¿Vete, y en adelante no peques más? » (Jn 8, 11)

La Iglesia no tiene complejos en atribuir el título de Virgen a la Madre del Señor, la Santísima Virgen María, en su discurso y en sus oraciones. A su vez, los hijos e hijas de la Iglesia que aún no se han casado no deben avergonzarse de tener todavía el privilegio de ser vírgenes. Porque « la sexta bienaventuranza proclama: "Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8). Los "corazones limpios" designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm 4, 3-9; 2 Tm 2, 22), la castidad o rectitud sexual (cf. 1 Ts 4, 7; Col 3, 5; Ef 4, 19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf. Tt 1, 15; 1 Tm 3-4 ; 2 Tm 2, 23-26).

A los "limpios de corazón" se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él (cf 1 Co 13, 12, 1 Jn 3, 2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un "prójimo"; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina » [4].

 

Notas : 

[1] La virginidad de la mujer es más a menudo definida de manera física por la presencia del himen, membrana que se rompe al primer acto sexual. Sin embargo, el himen se puede romper durante una actividad física intensa.

[2] San Agustín, La santa virginidad, capítulo XI.

[3] No es la práctica generalizada en algunos países que un cirujano ginecólogo le cose el himen a un gran costo (himenoplastia) para parecer virgen en la noche de bodas. La intención aquí es muy malsana, la de mentirle a su prometido. Podemos engañar a los hombres, pero no a Dios, « pues el hombre mira las apariencias, pero Yahveh mira el corazón » (1 S 16, 7).

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n°2518-2519.


Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.


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