Las parejas comprometidas no son personas casadas. Y el compromiso recíproco de casarse no es un matrimonio. La castidad de los novios debe caracterizarse por la abstinencia. El compromiso de castidad puede ser puesto a prueba, porque la cercanía, los proyectos compartidos y la decisión de casarse pueden hacer que las personas sean menos precavidas, haciéndoles pensar que no es gran cosa vivir como esposos porque sólo es cuestión de tiempo.
En primer lugar, no es lógico ofender a Dios con actos de lujuria que él aborrece, y al mismo tiempo pedirle la gracia del matrimonio y de muchas otras cosas, « pues los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan su oración, pero el rostro del Señor contra los que obran el mal » (1 P 3, 12).
En segundo lugar, querer casarte no significa que ya estés casado. ¿Cuántos planes de boda se han quedado en nada? No hace falta recordarte que el matrimonio del que hablamos aquí es el matrimonio bendecido por Dios, entre un hombre y una mujer, para toda la vida. No se trata de cohabitación ni de matrimonio civil, aunque sea con vistas a una boda por la iglesia.
Además, la abstinencia antes del matrimonio favorece el diálogo entre los novios, les forma en el respeto mutuo y el autocontrol, para que puedan mantenerse más fácilmente fieles el uno al otro en el matrimonio. Cuando un novio siente que no puede prescindir del sexo, es muy probable que sea infiel en el matrimonio, ya que sin duda intentará encontrar satisfacción fuera de la pareja cuando su futura esposa no esté disponible (viajes, enfermedad, etc.). Lo mismo se aplica a una prometida lujuriosa. ¿Qué ventaja hay en seguir andando con gente así?
San Juan María Vianney subraya que « cuando se va a recibir el sacramento de la confirmación, se procura primero recoger el espíritu, y al mismo tiempo recibir la instrucción suficiente para hacerse digno de las gracias que le están anejas; más para el sacramento del matrimonio, del cual depende ordinariamente la felicidad o la desgracia eterna de aquel que lo recibe, lejos de prepararse a él por medio del recogimiento o por cualquier otra buena obra, parece ponerse empeño especial en acumular crimen sobre crimen, para recibirlo; parece como si se temiese no haber cometido bastantes iniquidades para merecer la maldición de Dios, a fin de ser desgraciado durante toda la vida, y prepararse un infierno por toda la eternidad.
Cuando uno quiere entrar en el estado eclesiástico [hacerse sacerdote, religioso, religiosa], o en un monasterio, o hasta quedarse en el celibato, lo consulta, ora, practica buenas obras, al objeto de pedir a Dios, lo mejor posible, la gracia de conocer su vocación; aunque en la Orden religiosa todo nos lleva a Dios, todo nos aparta del mal, a pesar de ello, se toman todas las precauciones; más, para el matrimonio, en el que es tan difícil salvarse, o por mejor decir, donde hay tantos que se condenan, ¿cuáles son los preparativos que se hacen para pedir a Dios la gracia de merecer el auxilio del cielo tan necesario para podernos santificar en tal estado? Son contados los que se preparan, o, en todo caso, lo hacen de una manera tan fría que en ello no toma ningún interés el corazón.
Desde el momento en que un joven o una joven comienza a pensar en fines contrarios al matrimonio, empieza también a apartarse de Dios abandonando las prácticas de religión, la oración y los Sacramentos. Los adornos y los placeres ocupan el lugar de la religión, y los crímenes más vergonzosos reemplazan a los Sacramentos. Y siguen por ese camino hasta el momento de entrar en el matrimonio. […] La mayor parte de los cristianos entran en el matrimonio con un corazón mil veces más corrompido por el vicio de la impureza, que muchos paganos, los cuales nunca se atreverán a lo que tantos y tantos cristianos se atreven. Una joven que desee alcanzar un joven no da muestras de mayor pudor que una bestia la más inmunda. ¡Ay! es ella quien abandona a Dios, y Dios la abandona después a ella; y entonces se lanza perdidamente a lo más infame.
¡Ay! ¿qué ha de ser de esos pobres que reciben el sacramento del matrimonio en semejante estado, sobre todo cuando muchísimos de esos desgraciados no descubrirán su miseria en la confesión? ¡Oh Dios mío! ¡con qué horror puede y debe mirar el cielo tales matrimonios! » [1]
En pocas palabras, « los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba, han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad » [2].
Notas :
[1] San Juan María Vianney, Sermón sobre el matrimonio.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n°2350.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
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