Esto puede parecer sorprendente, pero se podría afirmar que el cerebro es el principal órgano sexual. En primer lugar, porque es el cerebro el que regula el funcionamiento de todos los órganos del cuerpo. En particular, el cerebro secreta hormonas que afectan directamente al funcionamiento de los genitales. También gestiona las conexiones nerviosas que garantizan el placer.
Por eso la psicología desempeña un papel tan importante en la sexualidad. Basta con dar rienda suelta a la imaginación para activar los órganos sexuales. Por otra parte, el miedo, el estrés, los fracasos sexuales, las desavenencias en casa, la falta de amor, las heridas afectivas – sobre todo las violaciones – están en el origen de la mayoría de las disfunciones sexuales (falta de deseo o de placer, impotencia, disfunción eréctil, eyaculación precoz, vaginismo, etc.).
Por eso es vital proteger el cerebro y las emociones de experiencias innecesarias que los dañan, viviendo en castidad. Cuando nos dejamos dominar por pensamientos perversos, imágenes pornográficas, etc., poco a poco perdemos el autocontrol y nos volvemos adictos. Igual que un fumador diría que es imposible no fumar, o un alcohólico que no puede dejar de beber, un adicto diría que es imposible prescindir del sexo. En cambio, los que tienen la cabeza despejada y autocontrol se dan cuenta de que se puede vivir bien sin beber, fumar o ser lujurioso.
Así que todos tenemos una responsabilidad en este campo, la de no dejarnos dominar por la pasión. Porque, « como en otros ámbitos de la actividad humana, no puede haber libertad sin responsabilidad: la libertad no puede, en este caso, dejar de tener en cuenta, con plena responsabilidad, el bien que gestiona, es decir, el sexo y la actividad sexual, ni ignorar toda la riqueza personal que el sexo conlleva, la vida personal que implica, el posible impacto sobre otras personas y sobre la familia que de ello se derivaría. El sexo, aunque siempre vaya acompañado de un impulso espontáneo, nunca es un simple juego, y no puede ignorar la riqueza de la espiritualidad. Por eso, toda la vida sexual debe ir acompañada de responsabilidad. [...] Responsabilidad significa también aceptar la sexualidad por lo que es y por lo que implica en términos de sentido y de consecuencias » [1].
Una de las finalidades importantes de la sexualidad es el don de la vida. ¡Qué dolor para las jóvenes que se quedan embarazadas y a las que se ofrece el aborto, crimen abominable, porque el joven dice que no está preparado o que no quiere o que no puede ser su autor! ¡Qué dolor secreto para los hijos nacidos fuera del matrimonio, considerados por sus padres como « un error de juventud »! ¿Cómo se puede vivir en armonía cuando uno sabe que ha nacido fruto de un error, cuando los padres se han vuelto a casar cada uno por su parte y que el hijo/hija no es aceptado in por el nuevo marido de su madre ni por la nueva mujer de su padre?
La reflexión y la responsabilidad también deben prevalecer cuando se trata de enfermedades cuyo modo de transmisión es esencialmente sexual: el VIH/SIDA y otras Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). Los preservativos como medio de protección no son eficaces al 100%, y debemos elegir la mejor manera de proteger nuestra salud y la de los demás, la de vivir en castidad, en particular la abstinencia si no estamos casados, y la fidelidad dentro del matrimonio.
Cada persona toma decisiones en su vida cotidiana y sufre las consecuencias ella misma y las transmite a los demás, bien porque sus actos van dirigidos directamente a otros, bien porque la solidaridad humana hace que lo que afecta a una persona (alegría, sufrimiento, duelo, etc.) afecte también a quienes la rodean. Hay que hacer una buena elección. Dios dice en efecto: « Pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra: te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia, amando Yahveh tu Dios, escuchando su voz, viviendo unido a él; pues en eso está tu vida, así como la prolongación de tus días mientras habites en la tierra que Yahveh juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob » (Dt 30, 19-20).
Para elegir la vida y la bendición, necesitas un corazón puro. « El corazón es la sede de la personalidad moral: "de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones" (Mt 15, 19). La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón » [2]. La Biblia muestra claramente cómo David, que era incapaz de controlar su mirada, hizo que le trajeran a la mujer de Urías, y ésta quedó embarazada de él. (cf. 2 S 11, 2-5).
« El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios, lo consigue:
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mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso;
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mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con una mirada limpia el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo, la voluntad de Dios (cf. Rm 12, 2; Col 1, 10);
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mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación;
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mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: "la vista despierta la pasión de los insensatos" (Sb 15, 5);
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mediante la oración. [...]
La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas.
El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia; inspira la elección de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.
Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.
Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana » [3].
Notas :
[1] Elio Sgreccia, Manuel de bioétique. Les fondements et l'éthique biomédicale, trad. Robert Hivon, 1999, p. 419.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n°2517.
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n°2520-2524.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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