« No os engañéis: las malas compañías corrompen las buenas costumbres » (1 Co 15, 33). Cuando nos damos cuenta de que, objetivamente hablando, la compañía de ciertas personas no nos ayuda a vivir rectamente, debemos tener el valor de distanciarnos de ellas, rezando al mismo tiempo por su conversión. Esto puede ser difícil si llevas mucho tiempo con ellos, si no tienes otros amigos, si temes sentirte solo. Pero este desapego es necesario, y tarde o temprano encontrarás tu equilibrio y la alegría de vivir una vida nueva.

Merece la pena señalar el caso, tristemente frecuente, de algunas jóvenes que quieren vivir según el Evangelio, pero cuyos novios o prometidos les imponen las relaciones sexuales como condición para continuar la relación. Por una parte, comprenden la importancia de la abstinencia antes del matrimonio y la desean de todo corazón. Por otro, el miedo a quedarse solteras y a no poder encontrar otro novio al llegar a cierta edad, unido a otras consideraciones, las mantienen a menudo en esta esclavitud sexual en la que se entregan a pesar de todo. Sin embargo, no es difícil darse cuenta de que salen perdiendo en este juego, ya que la relación sexual no es garantía de que el novio se quede con ella o se case, como demuestran numerosos ejemplos. Muy a menudo, estos chicos que se dedican a este tipo de chantaje sólo están en una relación para satisfacer su pasión y, cuando se han hartado, pasan a otra. Como sólo buscan su placer, un placer que no les compromete, se apresuran a no reconocer un embarazo o a abandonar a las que han dejado embarazadas sin ningún apoyo y sin pedir noticias de su hijo. Esto explica la proliferación de madres solteras en nuestras urbanizaciones.

A menudo nos sorprendemos cuando pensamos que estas cosas sólo les ocurren a otras personas y que podemos correr el riesgo. Pero nunca nos arrepentimos de hacer la voluntad de Dios, que es capaz, si es su voluntad, de llamarnos al matrimonio cuando quiera, incluso a una edad avanzada. Como dice la Escritura, es mejor agradar a Dios que agradar a los hombres (cf. Ga 1, 10; 1 Ts 2, 4).

En resumen, para vivir en la felicidad de la castidad, tienes que ser fiel a ti mismo y, si es posible, encontrar otros amigos o grupos donde puedas ser conducido a la virtud. Hay que tener el valor suficiente para separarse de las personas que nos mantienen en el pecado. A partir de ahora, hay que ir de frente, con los ojos fijos en Cristo, sin detenerse en los malos ejemplos que nunca faltarán, sin mirar atrás, porque « nadie que ponga la mano en el arado y mire hacia atrás es apto para el Reino de Dios » (Lc 9, 62). Así nos lo cuenta san Agustín desde su experiencia personal:

« Las cosas más frívolas y de menor importancia, que solamente son vanidad de vanidades, esto es, mis amistades antiguas, ésas eran las que me detenían, y como tirándome de la ropa parece me decían en voz baja: pues qué, ¿nos dejas y nos abandonas? ¿Desde este mismo instante no hemos de estar contigo jamás? ¿Desde este punto nunca te será permitido esto ni aquello? Pero ¡qué cosas eran las que me sugerían, y yo explico solamente con las palabras esto ni aquello!, ¡qué cosas me sugerían, Dios mío! Apartad, Señor, por vuestra misericordia, del alma de este vuestro siervo y de mi memoria aun la idea de las suciedades e indecencias que me sugerían. Pero ya las oía tan escasamente, que era mucho menos de la mitad respecto de antes; ni me contradecían como antes cara a cara, sino como murmurando a espaldas mías, siguiendo mis pisadas y como llamándome y tirándome por detrás para que volviese a mirarlas. No obstante, entretenían y retardaban mi fuga, por no tener yo valor para separarme de ellas con aspereza y sacudirme de sus importunaciones saltando y atropellando por todo para seguir mi vocación, porque la violencia de mi costumbre no cesaba de decirme: ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas? » [1]

 

Nota : 

[1] San Agustín, Confesiones, libro VIII, capítulo XI, 26.


Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.


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