Cuando nos damos cuenta de que hemos vivido en contradicción con la voluntad de Dios, no tenemos más que pedirle perdón y comprometernos a vivir rectamente a partir de ahora. Es el caso, por ejemplo, de quien descubre que un determinado comportamiento es pecado cuando no lo sabía. Mediante el sacramento de la reconciliación (confesión), Dios borra nuestros pecados y nos pone en el camino de la santidad. « Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia » (1 Jn 1, 9).

A veces, hombres y mujeres transgreden a sabiendas la ley de Dios. Cuando pecamos, nos avergonzamos, y la tendencia es a distanciarnos de Dios (cf. Gn 3, 8). Esta actitud de conciencia de la propia indignidad ante Dios no debe llevar a minimizar el pecado, a trivializarlo o a justificarlo, porque muy a menudo los pecados contra la castidad que proporcionan un cierto placer no siempre se lamentan inmediatamente, llevando a las personas a cometerlos de nuevo. Es evidente que a Dios no le agrada el pecado. Pero es misericordioso. Jesús dice expresamente que no ha venido a llamar a justos, sino a pecadores (cf. Mt 9, 13), no para que sigan siendo pecadores, sino para que se conviertan y vivan con Él. Es importante no rechazar la misericordia de Dios, sino ir y pedir humildemente perdón en el sacramento de la reconciliación, donde Jesús perdona, como perdonó a la adúltera a la que la muchedumbre quería apedrear hasta la muerte, añadiendo inmediatamente: « Vete, y en adelante no peques más » (Jn 8, 11).

Quienes han perseverado en los malos hábitos y se han vuelto adictos pueden tener más dificultades para abandonar el hábito. Libran una verdadera batalla y a veces vuelven a caer. Sin embargo, después de una caída, hay que levantarse de nuevo: es lo que ocurre en la vida cotidiana. Del mismo modo, cuando no hemos podido cumplir nuestros propósitos, no debemos desanimarnos y admitir la derrota, como lamentablemente hacen algunas personas que se niegan a confesarse porque caen una y otra vez en el mismo pecado grave.

Hay que aprender de la caída para no volver a caer: ¿por qué no funcionó mi propósito? ¿Me he expuesto innecesariamente a la tentación, a la pornografía o a imágenes eróticas? ¿He aceptado una cita o una salida con otra persona cuando ya estoy casado? ¿He sido negligente a la hora de contenerme o rechazar ciertos comportamientos inapropiados con mi novio o novia? ¿Algún acontecimiento de la vida me ha hecho sentir estresado, desanimado o vacío? Dedicar tiempo a identificar las causas de tu caída puede ayudarte a tomar mejores resoluciones y a ser más fuerte en el futuro. A veces ayuda pedir consejo a personas respetadas.

En cuanto al sacramento de la penitencia, conviene recordar que puede solicitarse a cualquier sacerdote de la Iglesia católica. Al citar tus pecados, evita las expresiones vagas (por ejemplo: he cometido impureza). Ser explícito sobre lo que has hecho libera tu conciencia y permite al sacerdote dar una exhortación más precisa y provechosa. No es conveniente decidirse a cometer un pecado diciéndose a sí mismo que, de todos modos, va a confesarlo. Es una grave ofensa a la misericordia de Dios, que esperas obtener sin arrepentirte, sin convertirte, sin esforzarte por conformarte a la voluntad de Dios.

« La ley, en verdad, intervino para que abundara el delito; pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia; ¿Qué diremos, pues? ¿Qué debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo! Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios » (Rm 5, 20 ; 6, 1.13).


Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.


Parolesdevie.bf

Ce site vous est offert par l'Abbé Kizito NIKIEMA, prêtre de l'archidiocèse de Ouagadougou (Burkina Faso).

Back to Top