El tema de las heridas interiores es muy delicado. Tenemos que admitir que estas heridas pueden llevarnos a refugiarnos en la masturbación, la pornografía o en algún tipo de indulgencia lujuriosa. Por ejemplo:
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la decepción amorosa;
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la infidelidad de la mujer o del marido;
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desavenencias con los padres o divorcio;
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malos tratos por parte de los padres;
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abusos sexuales en la infancia;
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violación o agresión sexual
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el incesto;
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las secuelas de un aborto;
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situaciones incómodas: celibato prolongado, desempleo, estrés, mal comportamiento de los padres o del cónyuge, etc.;
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fracasos en diversos ámbitos (escolar, etc.)
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duelo;
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etc.
Aunque estas situaciones son muy dolorosas, recurrir a la lujuria, lejos de solucionar el problema, perjudica aún más a la persona. La solución está en otra parte. Hay que encontrar la manera de curar las heridas, contando con la gracia de Dios. Y no conviene pedir gracia al Señor mientras se comete un pecado que le ofende mucho, « porque los ojos del Señor miran a los justos y sus ojos escuchan su oración, pero la tribuna del Señor está contra los que hacen el mal » (1 P 3, 12; cf. Is 1, 15-16). Así pues, no debemos ocultar nuestros sentimientos, debemos aceptar que hemos sido heridos, traicionados, humillados y decepcionados. De este modo, podemos acoger los sentimientos que surgen al recordar la herida y llorar por ellos si es necesario. Por último, debemos tener la humildad de iniciar el proceso del perdón, sin el cual es imposible sanar.
Perdonar no significa olvidar. Perdonar no significa dejar de sentir dolor. Significa primero aceptar tu ira, tu deseo de vengarte, y decidir no hacerlo. Pero esto no basta. Tienes que pedir al Señor la fuerza para perdonar. Hablar de tu dolor con alguien de confianza puede ser de gran ayuda.
« Revestíos, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros » (Col 3, 12-13).
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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