Entre las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús en la montaña figura la relativa a la pureza: « Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios » (Mt 5, 8). ¿Qué otra cosa significa que aquellos que no son puros de corazón no verán a Dios?

Los pecados contra la castidad y la dignidad del matrimonio son directamente contrarios al sexto y noveno mandamientos: « no cometerás adulterio » (Ex 20, 14; Dt 5, 17); « no codiciarás la mujer de tu prójimo » (Ex 20, 17). Algunos incluso van contra el quinto mandamiento: « no matarás » (Ex 20, 13). Estos pecados son, pues, graves.

Esto es lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre estos pecados para que « que nadie falte a su hermano » y « que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor » (1 Ts 4, 4.6) :

  • « el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental » (n°2390) ;

  • « la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado » (n° 2352) ;

  • la fornicación es « gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana ». Es « un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores » (n° 2353). « Hay comportamientos concretos – como la fornicación – que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral » (n° 1755) ;

  • la pornografía « atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público) … Es una falta grave » (n° 2354);

  • « es siempre gravemente pecaminoso  [1] dedicarse a la prostitución » (n° 2355) ;

  • la violación « es siempre un acto intrínsecamente malo » (n° 2356) ;

  • « apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf. Gn 19, 1-29 ; Rm 1, 24-27 ; 1 Co 6, 10 ; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados » (n° 2357) ;

  • El adulterio: « los profetas denuncian su gravedad » (n° 2380) ;

  • « el divorcio es una ofensa grave a la ley natural » (n° 2384) ;

  • « la poligamia no se ajusta a la ley moral, pues contradice radicalmente la comunión conyugal » (n°2387) ;

  • le concubinato es « contraria a la ley moral » y « constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental » (n° 2390) ;

  • « desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable. El aborto directo, es decir, querido como un fin o como un medio, es gravemente contrario a la ley moral » (n° 2271). « La cooperación formal a un aborto constituye una falta grave. La Iglesia sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana » (n° 2272) ;

  • la inseminación y la fecundación artificiales heterólogas son « gravemente deshonestas » (n° 2376) ;

  • la inseminación y fecundación artificiales homólogas « no dejan de ser moralmente reprobables » (n° 2377) ;

  • la contracepción artificial « es intrínsecamente mala » (n°2370) .

« La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: "¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el reino de Dios" (1 Co 6, 9-10).

Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: "En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados – dice san Agustín –, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos, ya no serían pecados o – conclusión más absurda aún – que serían pecados justificados?" Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección » [2].

Para recordar, « el pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos:

  • participando directa y voluntariamente;

  • ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos;

  • no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo;

  • protegiendo a los que hacen el mal » [3].

Recordemos que « el Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros" (Jn 6, 53). Para responder a esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1 Co 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar » [4]. Así pues, dada la gravedad de estos pecados, no se puede comulgar después de haber cometido los pecados de lujuria, a menos que se haya acudido a la confesión.

Conviene recordar que un solo pecado grave puede conducir al infierno. He aquí lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica sobre los criterios de admisión al fuego eterno, que sugieren que hoy en día los pecados relacionados con el sexo son los que llevan a más personas a la condenación eterna:

« Salvo que elijamos libremente amarle no podemos estar unidos con Dios. Pero no podemos amar a Dios si pecamos gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos: "Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él" (1 Jn 3, 14-15). Nuestro Señor nos advierte que estaremos separados de Él si omitimos socorrer las necesidades graves de los pobres y de los pequeños que son sus hermanos (cf. Mt 25, 31-46). Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra "infierno".

Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que "quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión" (2 P 3, 9) » [5].

Por eso, constatando la proliferación y exaltación de los pecados ligados al sexo y al bien de la familia, el Papa Pío XI expresó su indignación en los siguientes términos : « Y aún es más triste, venerables hermanos, que entre los mismos fieles, lavados en el bautismo con la sangre del Cordero inmaculado y enriquecidos con la gracia, haya tantos hombres, de todo orden o clase, que con increíble ignorancia de las cosas divinas, inficionados de doctrinas falsas, viven vida llena de vicios, lejos de la casa del Padre; vida no iluminada por la luz de la fe, ni alentada de la esperanza en la felicidad futura, ni caldeada y fomentada por el calor de la caridad, de manera que verdaderamente parecen sentados en las tinieblas y en la sombra de la muerte. […] He aquí este [Sagrado] Corazón [de Jesús] que tanto ha amado a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarle con especial amor » [6].

Afortunadamente, la misericordia de Dios permite a quienes se arrepienten de sus pecados y se comprometen a luchar contra el pecado restablecer su amistad con Él. Dios perdona los pecados graves generalmente a través del sacramento del bautismo para los no bautizados, y del sacramento de la reconciliación (confesión) para los bautizados. Los pecados graves no se perdonan cuando pedimos perdón a Dios directamente. Por eso Cristo sopló sobre sus discípulos después de su resurrección, diciendo: « Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos » (Jn 20, 22-23). Antes había enseñado que « habrá más alegría en el cielo – explica Jesús –por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión » (Lc 15, 7).

 

Notes : 

[1] La palabra pecaminoso proviene de la palabra latina peccatum que significa pecado. La canción « Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros » se canta en latín « Agnus Dei qui tollis peccata mundi, miserere nobis ».

[2] Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, n°81.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n°1868.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n°1384-1385.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n°1033-1037.

[6] Pío XI, Carta encíclica Miserentissimus Redemptor sobre la expiación que todos deben al sagrado corazón de jesús, n°12 y 9.


Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.


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