« No sea que mis yerros aumenten, y que abunden mis pecados, que caiga yo ante mis adversarios, y de mí se ría mi enemigo. Señor, padre y Dios de mi vida, no me des altanería de ojos, aparta de mí la pasión. Que el apetito sensual y la lujuria no se apoderen de mí, no me entregues al deseo impúdico » (Si 23, 3-6).
Sería ilusorio querer vivir una virtud tan grande sin la ayuda de quien la pide. He aquí las palabras de Cristo: « Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer » (Jn 15, 4-5).
Cuando ponemos nuestra confianza en Dios, todo se hace posible. Sin embargo, nos equivocamos gravemente al pensar que, con la oración, se acabarán las tentaciones o las solicitaciones malsanas de nuestros novios, novias, amantes, etc., porque en cualquier momento, « vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar » (1 P 5, 8).
Tenemos una responsabilidad que debemos asumir, la obligación de decir NO, el deber de no ceder a la tentación que siempre puede surgir mientras vivamos. Con la fuerza que Dios nos da, podemos resistir y no pecar. Ninguna tentación será más fuerte que nosotros, porque, como dice el Apóstol Pablo, « no habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito » (1 Co 10, 13).
Las oraciones excepcionales no son necesarias. Las oraciones ordinarias son una gran ayuda. En el « Padre nuestro », decimos « Y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal ». Es bastante expresivo. Se trata de pedir la ayuda divina para resistir a la tentación y evitar todo mal, incluido el pecado. En el Ave María, pedimos la intercesión de María por « nosotros, pobres pecadores ». Evidentemente, no se trata de permanecer en el pecado, sino de dejarlo atrás, de evitar cometerlo. También se puede rezar a su ángel de la guarda, san Miguel Arcángel, a San José, al castísimo esposo de la Virgen, o a otros santos. Para quienes les resulte más difícil, el ayuno puede ser un arma útil, porque al imponernos privaciones, adquirimos un mayor control sobre nuestro cuerpo y nuestros deseos.
Fue con la Palabra de Dios que Jesús respondió a las tentaciones del diablo después de su ayuno de 40 días. Conocer la Palabra de Dios es crucial: « Y todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones. En cambio, los malos y embaucadores irán de mal en peor, serán seductores y a la vez seducidos. Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena » (2 Tm 3, 12-17).
En particular, uno puede memorizar ciertos versículos bíblicos que puede repetir en su cabeza en el momento de la tentación. Por ejemplo:
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« No cometerás adulterio » (Ex 20, 14; Dt 5, 17) ;
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« ¡Huid de la fornicación! » (1 Co 6, 18) ;
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« Y ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta? ¡De ningún modo! » (1 Co 6, 15);
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« Tened todos en gran honor el matrimonio, y el lecho conyugal sea inmaculado; que a los fornicarios y adúlteros los juzgará Dios » (He 13, 4);
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« La fornicación, y toda impureza o codicia, ni siquiera se mencione entre vosotros » (Ef 5, 3).
No somos los primeros en experimentar la ayuda de Dios. Puede ser útil conocer la vida de santos que, como nosotros, han luchado contra la concupiscencia de la carne, o escuchar los testimonios de nuestros contemporáneos que llevan una vida virtuosa, a menudo después de un pasado oscuro. San Agustín es uno de ellos. Vivió 16 años como libertino. He aquí lo que dice sobre la gracia de Dios:
« ¿Qué hombre hay que, si atiende y reconoce su fragilidad, se pueda atribuir osadamente a sí mismo su castidad e inocencia, para inferir de aquí que está menos obligado a amaros, como si él hubiera tenido menos necesidad de vuestra misericordia que los otros a quienes perdonasteis sus pecados por su verdadera conversión y penitencia? Por lo cual, el que llamado de Vos siguió vuestro llamamiento y evitó aquellos desórdenes que él sabe ahora de mí mismo y que confieso haber ejecutado, no se burle de mí porque estuve enfermo, y me sanó aquel mismo que le preservó a él para que no enfermase, o por mejor decir, para que enfermase menos; y así os debe amar tanto y aún más que yo, pues ve que el mismo remedio con que yo sané de las dolencias de mis pecados es el que le ha preservado a él de haberlas padecido » [1].
Confiar en la gracia de Dios significa también pedirle perdón después de una caída, porque Él es misericordioso. « Al que es capaz de guardaros inmunes de caída y de presentaros sin tacha ante su gloria con alegría, al Dios único, nuestro Salvador, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, gloria, majestad, fuerza y poder antes de todo tiempo, ahora y por todos los siglos. Amén » (Judas 24-25).
Note :
[1] San Agustín, Confesiones, libro II, capítulo VII, 15.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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