Como recordatorio, la castidad está en función del estado de vida de cada uno. Incluye la abstinencia sexual para los célibes, los viudos, las viudas y las personas consagradas. Para los casados, la castidad se manifiesta sobre todo en la fidelidad conyugal. Pero la castidad es mucho más amplia. Es una virtud, toda una mentalidad que hay que cultivar a lo largo de la vida. Requiere esfuerzo, sobre todo en los momentos de tentación. La castidad es, por tanto, una batalla. Como en cualquier batalla, ya estamos derrotados si nos embarcamos en ella sin motivación, sin convicción, o mientras nos decimos a nosotros mismos que no podemos ganar la batalla simplemente porque estamos fijados en nuestras propias limitaciones o en los fracasos de los demás. ¿No dijo el Señor: « Mi gracia te basta »? (2 Co 12, 9)
Se dice que el hábito se convierte en una segunda naturaleza. Por haberse « envejecido en la iniquidad » (cf. Dn 13, 52), algunas personas que se han convertido en esclavas sexuales, por miedo a perder lo que las hace ser quienes son, o por un propósito incumplido de poner fin a su mal comportamiento, han llegado a la conclusión de que ya no pueden cambiar de vida. Esta resignación es el principal freno en su lucha por escapar del fango de la impureza.
Incluso los grandes santos lo han experimentado y han tenido que decidirse a esforzarse confiando en Dios. San Agustín confesaba: « Se iban pasando los tiempos y yo retardaba el convertirme al Señor y dilataba de un día para otro el vivir en Vos, pero no dilataba el morir en mí mismo cada día. Amando la vida bienaventurada, temía buscarla en Vos, donde tiene su asiento; y así huyendo de ella era como la buscaba. Juzgaba que sería sumamente infeliz y desdichado si me privara de la mujer y no pensaba en la medicina preparada por vuestra misericordia para curar esta misma dolencia, porque no la había experimentado y porque creía que la continencia se había de alcanzar con nuestras propias fuerzas naturales, las cuales no las veía en mí, siendo tan ignorante que no sabía, según dice la Sagrada Escritura: Que nadie puede ser continente si Vos no le dais esta virtud (Sb 8, 21). Y ciertamente me la hubierais dado, si con gemidos íntimos de mi corazón os la hubiera pedido, y con una firme confianza hubiera colocado en Vos todos mis cuidados » [1].
También es frecuente que las personas nieguen tener problemas con el sexo cuando se plantea el tema. Esto es especialmente cierto en el caso de personas que ya no pueden contar el número de parejas sexuales que tienen, o que son adictas a la pornografía, la masturbación, la prostitución, la homosexualidad, etc. Su reacción es más o menos la siguiente
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La negación: « no tengo ningún problema », « no me molesta », « estoy bien como estoy », etc.
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La minimización: « no es peor que comer o beber », « todo el mundo lo hace así", « además, no hago mucho, sigo teniendo el control », etc.;
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declararse víctima y, por tanto, no responsable: « yo no tengo la culpa », « él/ella empezó », « mis padres no me dan ejemplo », « yo también tenía problemas, quería una moto, pagarme los estudios, esto o lo otro, así que tuve que hacerlo », « alguien compartió conmigo fotos pornográficas en Facebook, hice clic en ellas y ya está »...;
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excusas: « me relaja », « me gusta », « me ayuda a pasar el tiempo »...;
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La racionalización: « no me cuesta mucho », « no hay nada malo en darse un capricho », « es bueno para la salud », « todo el mundo es libre, ¿no? », « además, no soy un santo », « tengo deseos y es natural », « con cómo visten las chicas hoy en día, no tienes muchas opciones », etc.
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el ataque: « no es asunto tuyo », « preocúpate de ayudar a los enfermos en los hospitales en lugar de luchar contra la homosexualidad », etc.
¿Qué puede hacer un médico cuando un paciente se niega a aceptar que está enfermo, cuando no quiere curarse ni someterse a tratamiento?
La experiencia cotidiana demuestra que la conversión siempre es posible. Pocas personas dan testimonio de ello públicamente a causa del carácter vergonzoso de su pasado y del efecto nefasto que estas revelaciones pueden tener en sus esposas, maridos e hijos, que generalmente viven felices en la ignorancia de los hechos.
Para tener éxito en la lucha por la pureza, es importante tener una visión positiva de la sexualidad y buscar la información adecuada sobre el tema. Es importante pensar no sólo desde la Biblia, sino también desde la experiencia humana, sin dejarnos dominar por los incentivos erróneos de nuestro tiempo. Seguramente llegaremos a la conclusión de que es mejor hacer lo que el Señor nos pide para no decepcionarnos como otros que hacen lo que les da la gana.
« Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto » (Rm 12, 2).
Nota :
[1] San Agustín, Confesiones, libro VI, capítulo 11, 20.
Autor : Padre Kizito NIKIEMA, sacerdote de la archidiócesis de Uagadugú (Burkina Faso).
Traducción: Hermana Viviane COMPAORE.
- Este artículo está tomado de su libro: Mi cuerpo y el amor: La Buena Nueva sobre la sexualidad
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